LA ORACIÓN EN LA ENSEÑANZA DE JESÚS DE NAZARET

Silueta de persona oranteLos discípulos piden a Jesús que les enseñe a orar (cf. Lc 11,1). No es de extrañar. No sólo porque Juan hubiera enseñado a sus discípulos, sino porque Jesús se retiraba con mucha frecuencia a orar y lo hacía durante horas. Esto tuvo que marcar profundamente a todos aquellos que tenían trato íntimo con él.

Lo que Jesús hizo. En un artículo anterior vimos a Jesús orando, casi siempre a solas. También pudimos escuchar las pocas veces que lo hizo en medio de la multitud. Nos quedamos con ganas de escucharle a hurtadillas alguna de esas noches que él pasó al raso entregado a la oración. Pero nos ha quedado el testimonio de la última y más decisiva de todas ellas: la oración del huerto. Esta oración fue parcialmente escuchada por los suyos, se supone que antes de que el sueño les venciera.

Jerusalén. Iglesia del padrenuestro. Azulejos representando el padrenuestro en españolLo que Jesús dijo. Jesús enseña a sus discípulos la oración del Padrenuestro (cf. Mt 6,9-13; Lc 11,1-4), al tiempo que les hace numerosas indicaciones acerca de cómo debe ser su oración. ¿Qué relación existe entre ambas cosas? ¿Están explicando estas indicaciones la forma en la que debe ser rezado el Padrenuestro o es el Padrenuestro el que sintetiza todo lo que puede decirse de la oración cristiana? ¿Se trata únicamente de una oración para que sus discípulos reciten en determinados momentos o se trata más bien de una forma de orar, algo así como el eje vertebrador de la oración cristiana? Esto último sería además coherente con el sentido que para los judíos tiene el Shemá Israel.

Antes de responder a estas preguntas vamos a escuchar qué es lo que nos dice Jesús acerca de la oración, y lo vamos a hacer encuadrando sus enseñanzas en el contexto del Padrenuestro.

Padre nuestro

La oración del cristiano es intimidad con el Padre: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6,6).

Dibujo que representa un hombre orante ante la cruzPor eso, lo importante no son las palabras, sino el estar, ponerse uno a tiro del Señor: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras (…) pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis» (Mt 6,7-8).

La oración del cristiano es relación personal y amorosa: «Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios» (Jn 16,26-27).

Por eso es necesario orar siempre: «Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1). Quien ora únicamente cuando se encuentra en una situación apurada, dejará de orar cuando las cosas le van bien… o cuando la persistencia de los problemas le hagan pensar que su oración no está siendo escuchada.

Cuadro que representa las manos de un sacerdote alzando la hostia después de la consagraciónEl fruto más importante de la oración es la transformación del orante. Más allá de lo que pidamos, la oración nos va configurando con Cristo: «Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20).

Cuando en la oración alguien experimenta el gozo de la amistad con Cristo, ésa es la mejor garantía de que su oración ha sido escuchada. Si, además, recibe lo que ha pedido, entonces la alegría es completa: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 16,24).

Cuadro de François Boucher. San Pedro intentando andar sobre las aguasLa fe lo puede todo: «Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”» (Mc 9,23).

La oración del cristiano se basa en la confianza absoluta en que el Padre nos ama: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre (…) Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7,7-8.11; cf. Lc 11,5-13).

La oración del cristiano es confianza absoluta en que Dios lo puede todo: «Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis» (Mc 11, 24; cf. Mt 21,22).

Hay una cosa más. La oración no es un monólogo, sino que es sobre todo escucha. Esta escucha transforma nuestros deseos. Entonces no somos nosotros los que pedimos, sino que es Cristo quien pide en nosotros: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará» (Jn 14,7).

Santificado sea tu nombre

Foto de Siete picos tomada desde la Carretera de la República. Texto con la oración de san Ignacio de Loyola: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer;  Vos me disteis, A Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed todo a vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que con ésta me basta."Santificar el nombre del Padre es reconocerlo como Dios, no sólo ni principalmente con los labios, sino sobre todo con el corazón y con los hechos: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”» (Mc 7,6-7; cf. Is 29,13).

Por eso no hay verdadera oración cuando sale de nosotros, porque entonces son palabras humanas. La verdadera oración la hace el Espíritu en nosotros y es él quien santifica en nosotros el nombre del Padre: «El Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros» (Jn 14,17).

Gatito bebiendo leche de un biberónY ésta es la garantía de que seremos escuchados: «pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rom 8,26).

En realidad, lo único que tenemos que hacer es dejarnos, y ese dejarnos es también un don. El Espíritu pone en nuestro corazón las palabras y el Hijo glorifica al Padre escuchando nuestra oración. «Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13-14). Es como estar en medio de ese abrazo trinitario, dejándonos querer. Santificar el nombre de Dios es entonces reconocer nuestra nada ante Dios, esperarlo todo de él y rebosar de gratitud por ello.

Venga tu reino

Veíamos hace un momento cómo Jesús promete a sus seguidores que su oración será escuchada. Lo promete en numerosas ocasiones y pone como única condición el pedirlo con fe.

cruz de madera, sin imagen, en una zona de montañaA estas alturas algunos estarán seguramente echando de menos unas palabras acerca del silencio de Dios. Cuando pedimos –supuestamente con fe- y no obtenemos lo que pedimos. Ante esta cuestión, que no podemos eludir, lo primero que hay que responder es que los evangelios no se plantean siquiera esa posibilidad. Por mucho que rebusquemos en ellos no encontraremos un solo lugar en el que Jesús ni tan siquiera sugiera que Dios alguna vez pueda hacer oídos sordos a nuestras peticiones.

La respuesta más sencilla es en estos casos suponer que el orante no lo hizo con suficiente fe. Y ésta es, justamente, la respuesta que da Jesús a sus discípulos cuando le preguntan: «Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: “¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?”. Les contestó: “por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: ʻTrasládate desde ahí hasta aquíʼ, y se trasladaría. Nada os sería imposible”» (Mt 17,19-20).

Dibujo representando la silueta de un hombre orandoAhora bien, ¿qué es tener fe? Porque, cuando hablamos de la fe referida a la oración, solemos pensar que rezar con fe es rezar con el convencimiento de que Dios nos va a escuchar. Pero nos olvidamos del contexto. No el contexto de la necesidad que motiva nuestra petición, sino el contexto de nuestra propia vida de fe.

Porque la fe no es algo puntual. Ayuda mucho a la oración que lo que pidamos sea vital para nosotros. Jesús fue salvando personas, no satisfaciendo caprichos. Pero la fe es algo que abarca a la persona entera y a cada instante de su vida. La fe no dura cinco minutos, ni media hora (el tiempo que dure la oración). Y, sobre todo, la fe no se refiere a mis necesidades –por muy acuciantes que sean y muy lícito que sea pedir por ellas- sino a Jesús y al reino de Dios.

Es muy importante tener además presente que la fe va mucho más allá de un mero asentimiento intelectual. Quien no está dispuesto a perder sus seguridades, es que no cree (no lo suficiente). Y ¿quién puede decir que cree de esta manera? Cuando Jesús afirma –y lo hace con contundencia- que todo cuanto pidamos nos será concedido, está hablando a sus discípulos, es decir, a aquéllos que lo han dejado todo para seguirle. Y aún a estos acabamos de ver cómo –en ese momento, es decir, antes de la resurrección de Jesús- no tenían fe suficiente (cf. Mt 17,16).

León tumbado y junto a él un cordero. Pacíficamente juntos representando el texto en el que Isaías profetiza cómo será el Reino de Dios: "El león pacerá con el cordero"Es en esa búsqueda del reino de Dios en la que se encuadran los milagros de Jesús. La primera petición es que venga a nosotros el reino de Dios. Pero el reino de Dios es algo que –aunque a nosotros nos parezca mentira- Dios no puede hacer sin nosotros, por eso, pedir que venga a nosotros el reino de Dios no es pedir que el reino de Dios nos llueva del cielo, sino que es pedir a Dios que guíe nuestros pasos, que nos allane el camino, que lo haga posible. Y entonces empiezan a suceder cosas.

Dibujo que representa trabajadores del campoEl deseo por el reino es ponerse en marcha y pedir para que muchos otros lo hagan también: «Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”» (Mt 9,37-38; cf. Lc 10,2). Conviene aclarar que pedir que Dios mande trabajadores a su mies no es, como se suele pensar, pedir por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Trabajar en la mies del Señor es tarea de todos los cristianos, cada cual como sepa y pueda y como el Señor le vaya guiando.

Por cierto, que eso no es nunca sin consecuencias. Por eso, a quienes son perseguidos por causa de la justicia (cf. Lc 6,22-23), Jesús les dice: «(…) pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?, ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar» (Lc 18,7-8).

Hágase tu voluntad

Llegamos aquí al test de calidad de nuestra oración. Nuestra oración, incluso fervorosa, se convierte en vana palabrería si no se concreta en la realidad de nuestra vida: «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).

Imagen de Jesús orando de rodillas con los brazos apoyados sobre una piedraY éste es el momento de volver de una forma especial nuestras miradas hacia Jesús. En la oración del huerto (cf. Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46) encontramos una súplica, pero sobre todo la entrega total de la voluntad en las manos del Padre. Un “hágase tu voluntad” que a Jesús le sale de las entrañas y le cuesta la vida. No es el “hágase” (“que se haga”, que “alguien” haga) que tantas veces pronunciamos distraídamente y que suena más bien a algo que esperamos que suceda sin que a nosotros nos afecte para nada.

Decíamos antes que el testimonio de los evangelistas es unánime e insistente en afirmar sin fisuras que la oración del que cree es siempre escuchada. Una fe que consiste justamente en ponerse totalmente en las manos de Dios para hacer su voluntad. Y es precisamente ese sometimiento a la voluntad de Dios el que hace que Jesús renuncie voluntariamente a salvarse El Cristo de san Juan de la Cruz. Cuadro de Dalía sí mismo: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres» (Mc 14,16).

Ésta es la única vez que –según nuestros criterios humanos- Jesús parece experimentar el silencio de Dios. La realidad es, sin embargo, que la respuesta del Padre se manifiesta justamente en la fidelidad de Jesús hasta el final. Aquí está el germen de la resurrección y éste es el sentido que tiene decir que, por el bautismo, hemos resucitado con Cristo (cuando estamos aún en esta tierra).

Danos hoy nuestro pan de cada día

Fotografía que representa un trozo de panTodas las personas que alguna vez me han dicho que Dios no escucha sus oraciones, se referían siempre a necesidades materiales de un tipo u otro. Entre mis conocidos, todavía no he oído a nadie quejarse porque no para de rezar por la paz del mundo y cada vez hay más guerras o porque lleva años rezando para que los hombres encuentren a Cristo y cada vez andan más perdidos. Es “el pan de cada día” lo que centra las oraciones de nuestros cristianos. El pan en un sentido amplio… pero no mucho, porque no suele ir mucho más allá de la familia y, si acaso, algunos amigos (hay quien tiene una lista para no olvidarse de ninguno).

Fotografía que representa un gorrión macho en una ramaSin embargo, Jesús nos dice lo siguiente: «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia» (Mt 6,31-34).

Y aquí volvemos al tema de la fe. Rezar con fe no es estar seguro de que ese puesto de trabajo al que aspiras va a ser para ti. Esta seguridad es muy conveniente de cara a causar buena imagen en las entrevistas de trabajo, pero no es la seguridad a la que Jesús se refiere. Tener fe es centrar tu vida en la búsqueda del reino de Dios, de manera que todo lo demás pase a un segundo plano. A quien pone de este modo sus necesidades en las manos de Dios –no por holgazanería, sino por un interés superior- no ha de faltarle la ayuda necesaria. Bien entendido que no estamos diciendo que la búsqueda del reino de Dios nos exima de ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente (cf. 2 Tes 3,10).

Y, en la pequeñísima medida en que actuamos así, comprobamos hasta qué punto es esto cierto y, quienes lo han vivido, rebosan de gozo al contarlo. «Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21). Quien anhela sobre todo a Cristo, eso es lo que pide de modo incesante. Y el Padre que nos entregó a su Hijo, «¿cómo no nos dará todo con él?» (Rom 8,32).

Perdona nuestras ofensas

Fotografía de un confesionario en una iglesiaLa oración es relación con Dios y, si los hombres suelen valorar más a aquél que se da importancia, esta estrategia está ante Dios condenada al fracaso. Porque él nos conoce por dentro. Por eso, pedir perdón no es un elemento ritual y tampoco nace de un sentimiento de culpabilidad. Se trata de reconocer nuestra realidad ante Dios, para que él penetre hasta el último rincón de nuestro ser.

Es notable que la petición de perdón sea prácticamente el colofón del Padrenuestro. Si comenzásemos pidiendo perdón, se podría considerar un acto de purificación necesario para ponernos en la presencia de Dios. Situado al final, sin embargo, es conclusión agradecida. Empezamos, sin preámbulos, llamando Padre a Dios. Terminamos pidiendo perdón o, lo que viene a ser lo mismo, realizando un acto de profundo agradecimiento. Porque no pedimos perdón mirando hacia nosotros, sino mirando hacia Dios y todos los dones que de él hemos recibido.

El encuentro con Dios te pone en tu sitio, no al modo humano, sino con un gozo muy superior a cualquier otro: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18,10-14). El que se pone a sí mismo como ejemplo, está manteniendo un monólogo. No se ha encontrado con Dios.

Dibujo en el que aparecen abrazados un palestino y un judío. Debajo de ellos una bandera formada por las dos banderas respectivasPero, claro está, sería una tremenda contradicción pedir perdón a Dios a quien debemos todo, mientras mantenemos nuestro corazón cerrado a la reconciliación con los demás (cf. Mt 18,21-35: parábola sobre el perdón y la misericordia). La contrición es un acto de amor agradecido, y de ese acto de amor no podemos excluir a nadie: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

En ese mismo sentido, pero en un contexto litúrgico: «Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24).

Pero Jesús nos pide más. No ya perdonar. Quien perdona, olvida. Y el olvido expulsa todo rencor del corazón, pero muchas veces también todo aprecio. El olvido se refiere al pasado. Quien te ha hecho daño en el pasado puede pasar a formar parte de un recuerdo borroso e indiferente, en un pasar página liberador. Pero Jesús va mucho más allá: «Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5,44). Nos está pidiendo que amemos a quienes, no ya en el pasado sino incluso ahora mismo, buscan nuestro mal. Y que recemos por ellos. Y no nos lo manda al modo que suelen hacerlo los hombres –que mandan una cosa y hacen otra-. Jesús nos manda hacer aquello mismo que él hizo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).

A modo de conclusión

Al principio de este artículo formulaba las preguntas que yo me había planteado a mí misma antes de comenzar a escribir. Llegados a este punto, la respuesta parece evidente: en el Padrenuestro encontramos las líneas maestras de la oración cristiana, una especie de criba por la que pasar nuestra vida haciendo nuestras, no tanto las palabras cuando el espíritu que ellas contienen.

Dicho de otro modo, que cuando Jesús dice: «Vosotros orad así» (Mt 6,9) y, en otro lugar: «Es necesario orar siempre» (Lc 18,1), no está diciendo que nos pasemos todo el día rezando padrenuestros, sino que vivamos continuamente en el reconocimiento agradecido de que Dios es nuestro Padre, que lo santifiquemos con nuestra vida, que pidamos sin descanso que venga a nosotros el reino de Dios –que reine en el mundo el temor de Dios– que, conscientes de que somos pecadores, le pidamos continuamente que ilumine nuestros ojos y ablande nuestro corazón para hacer siempre su voluntad, que en nuestro corazón no habite nunca el rencor y que continúe cuidando de nosotros, no para beneficio nuestro, sino para poder servirle en todo mientras nos quede un hálito de vida.

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Acerca de María Ángeles Navarro Girón

Cuando alguien te indique el camino, mírale las botas. Esto quiere decir que: En la vida espiritual, no te fíes de quien te indica el camino con el dedo y sin despeinarse. Sigue más bien al que está dispuesto a caminar delante de ti, al que viene sudoroso y con las botas destrozadas del camino.
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2 respuestas a LA ORACIÓN EN LA ENSEÑANZA DE JESÚS DE NAZARET

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